Flash Fiction by Gabriela d’Arbel, translated from the Spanish by Toshiya Kamei

oranges

 

Exchange of Glances

A few days ago, Abigail saw shadows sprouting everywhere. They slipped over the quarry walls. Some were dark, others translucent. They got tangled in the bougainvillea vines, crawled through the gardens, and curled up in the corners of the rooms, among the clothes hanging in the closets. They came and went through the corridors, oblivious to Abigail.

At first they frightened her, but soon she got used to living with them, although she always kept her distance. Thus passed a few years, and then one day while crossing a bridge, she saw, to her horror, a shadow stuck on a handrail, trying to break free. Unexpectedly, that figure, seemingly oblivious to the human world, observed the woman. Abigail felt dizzy when she exchanged a glance with those eyes that could only belong to the hatred of someone no longer alive.

 

Cruce de miradas

Desde hace algunos días, Abigail vio sombras que salían de todos lados. Se escurrían sobre los muros de cantera. Algunas eran oscuras, otras translúcidas. Se enredaban entre los dedos de las buganvilias, se arrastraban por los jardines, se acurrucaban en los rincones de las  habitaciones, entre la ropa colgada en los closets. Iban y venían por los corredores, ajenas a Abigail.

En un principio la atemorizaron, después pudo acostumbrarse a vivir con ellas, aunque siempre manteniendo su distancia. Así pasaron unos años, hasta que un día mientras subía a un puente, con horror, vio una sombra atorada en un barandal, que intentaba liberarse. Inesperadamente aquella figura, en apariencia ajena al mundo humano, observó a la mujer. Abigail sintió vértigo al cruzar su mirada con aquellos ojos que sólo podían pertenecer al odio de quien ya no existe.

 

The Creature

The air blows
the subversive calm
around the house . . .

—Jaime Sabines

Memories reach me as mourners dressed in black arrive, along with a faint scent of orange blossom. I don’t know whether they’re here to give condolences or witness a tragedy out of curiosity.

What else do I have left? I cast my gaze over the black earth and an evocation passes like a worm over wet cloth.

I go back into an old memory. When I was as young as my sister, Freda, the townspeople invited us to madness in the midst of an Easter celebration. The locals stirred with tourists to form a living collage. Drumbeats pounded our ears. I wish I could linger forever in that memory, where we were still certain that we would be happy. But inevitably, memory falls apart inside my mind, and I can’t help remembering my sister, Clara. In the last years of her life, she was nothing but an empty shell of herself. Locked up in her room, she counted oranges on the tree outside her window. We could also count them when we went down to the dining room. Of course, it was better in Clara’s room because we could see not only the fruits, but also the street and passersby. Their fast steps gave us the feeling that they weren’t part of our reality.

The day Clara fell ill, a creature appeared. I suppose it was made from the same matter we’re all made of.

The priest keeps babbling. When your spirit is amputated, words of encouragement fail to reach your ears. When the words shatter, you find out how hollow they are. I don’t want to move. I remain on the grass and my feet begin to sink. I wish I didn’t have to go back to the house, which also belongs to my siblings and the creature. We all carry a piece of this ruin, without giving up the small space that was our inheritance.

The only one who tried the oranges was the creature. It knew how to tear them apart without squashing them in its hands. It didn’t need to reach for the fruits because they fell from the tree. Only the creature could drink the poisonous juice that unleashed deranged thoughts inside its head.

Clara listened as the creature’s footsteps approached. It remained at first in her room or in the TV room, but as time went by, the walls of our house crumbled, until it became a ruin. Nothing stopped the creature from invading Clara’s space.

One morning, Clara, even with her ears covered, could no longer stand the buzzing noise the creature made. With the strength she still had, she attempted to shut it up. Unbeknownst to my sister, however, the creature had grown to an inordinate size. It destroyed her without mercy. Freda wasn’t there. She’d take off for days on end without a care in the world.

When I arrived home at noon, Clara wasn’t looking out her window as she always did. Unfortunately, I didn’t have to look hard for her. In the hallway, the creature was licking the scarlet trail of blood leading to the service room.

How am I supposed to contain these bitter memories, like the creature’s breath?

My siblings and I look at each other and hesitate. The cemetery is about to close. We can’t move even though drizzle begins to wet our withered faces. Uncertainty keeps us nailed to the ground. The creature is no longer at home. It escaped through a crack in the façade of the house before it was captured. Its unbearable sound no longer pollutes the increasingly narrow walls. From the orange tree, fruits keep dropping and continue to sprout like tumors, forming a stinky rug on the earth. That’s the least of our worries. We’re concerned about how to keep away from Clara’s translucent ghost. Since yesterday, she’s been haunting us, apparently not knowing why we ignore her and why a pool of blood spreads across the room.

 

La criatura

Viene el aire gimiendo
la subversiva tranquilidad
que ronda la casa…

—Jaime Sabines

Los recuerdos llegan igual que la gente vestida de negro, junto a un leve olor de azahares. No sé si a dar el pésame, por ser testigos de la tragedia o simplemente por curiosidad.

Qué más me queda. Sólo recargo mi vista en la tierra negra y una evocación pasa como un gusano sobre la textura húmeda.

Me interno en un recuerdo viejo. En él, era joven igual que mi hermana Freda; el pueblo nos había invitado a la locura en medio de la fiesta de pascua. La gente del lugar se revolvió con los turistas formando un collage viviente. La música de la tambora golpeaba. Quisiera subirme para siempre en ese recuerdo, donde aún teniamos la certeza de que seríamos muy felices. Pero inevitablemente, la memoria se desmadeja dentro de mi cerebro y no puedo dejar de recordar a mi hermana Clara, a quien ahora enterramos. Siempre encerrada en su cuarto, en estos últimos años, mimetizada en sus cosas viejas, contando las naranjas del árbol que se asoman por la ventana. Nosotros también las podíamos contar cuando bajábamos al comedor. Eso sí, era mejor en el cuarto de Clara porque no sólo se veían las frutas, también la calle y la gente que pasaba cerca de la casa. Caminando con esos movimientos rápidos que dan la sensación de no ser parte de nuestra realidad.

El día que Clara enfermó y no volvió a salir de su cuarto apareció la criatura, supongo que se formó de la misma materia de la que todos estábamos hechos.

Sigue el sacerdote hablando, sólo que cuando a uno le amputan el espíritu, los oídos quedan sordos a las palabras de aliento, al salir se rompen mostrando lo huecas que son. No me quiero mover, permanezco sobre el pasto y los pies comienzan a hundirse. Si pudiera evitar regresar a mi casa, la que también es de mis hermanos y casa de la criatura. Todos cargando un pedazo de esta ruina, sin renunciar al pequeño espacio que a cada uno nos corresponde por herencia.

La única que probó las naranjas fue la criatura. Sabía cómo desgajarlas sin que se desintegraran en las manos. No necesitaba alcanzar las frutas porque desde lo alto se las arrojaban. Sólo ella pudo beber el jugo venenoso que le desencadenaba aquellos pensamientos desquiciados en su interior.

Clara predijo los pasos cada vez más cercanos de la criatura, quien permaneció al principio en su cuarto o en la sala de la televisión, pero a medida que pasó el tiempo y se fueron devastando los muros de nuestra casa, hasta volverse una ruina, la criatura fue invadiendo descaradamente el espacio de Clara.

Una mañana, Clara, con los oídos rasgados ya no soportó el zumbido que producía la criatura y con las fuerzas que aún tenía fue a callarla. Lo que no sabía mi hermana era que la criatura, aquella mañana, había crecido desmesuradamente y la destrozó sin miramientos. Freda no estaba para evitarlo, como siempre se había ido por días sin importarle.

Cuando llegué al medio día, Clara no estaba, como siempre, asomada por la ventana de su cuarto; sin embargo no tuve que buscarla, la criatura en el pasillo limpiaba con su lengua las gotas diminutas de sangre que dejaban un camino escarlata hasta el cuarto de servicio.

¿Cómo contener el recuerdo derramado que sabe amargo, igual que el aliento de la criatura?

Mis hermanos y yo nos miramos sin tomar la decisión, ya están por cerrar el cementerio, no podemos movernos a pesar de la llovizna que ya empieza a humedecer nuestras caras marchitas. La incertidumbre nos mantiene anclados. La criatura ya no está en casa, se escapó por una grieta de la fachada antes de que la encarcelaran. Su insoportable sonido ya no contamina los muros cada vez más estrechos. Del naranjo siguen brotando como tumores las frutas que no dejan de caer. Las cuales van formando un tapete fétido sobre la tierra. Eso quizás es lo de menos. Lo preocupante es cómo evitar el fantasma traslucido de mi hermana Clara, que desde ayer nos busca insistente sin entender por qué la ignoramos y por qué hay tanta sangre en el cuarto de servicio.

Gabriela

 

Born in 1970 in Guadalajara, Mexico, Gabriela d’Arbel has lived in San Luis Potosí since 1973. She is the author of several books, including La cerca y un espejo (2002), Cordelia y otros fantasmas (2009), La casa azul (2010), and Un gorro ruso (2012).

 

 

Toshiya Kameiholds an MFA in Literary Translation from the University of Arkansas. His translations of Latin American literature include Silent Herons by Selfa Chew, My Father Thinks I’m a Fakir by Claudia Apablaza, and The Torments of Aristarco by Ana García Bergua. This is his second batch of translations for ACM.